Foto tomada en el Valle de Tena, en las estribaciones de La Peña Telera, en el arroyo que desagua del ibón de Piedrafita. El día que hice esta foto ya tenía localizado el lugar de antemano. Había estado unos días antes dando un paseo con la familia y tenía claro, tanto la salida del sol (la hora, y por donde iba a salir) como qué elementos podrían tener impacto en la foto. En mi paseo me llamaron la atención distintos saltos de agua a cual más fotogénico, pero evidentemente, yendo con el niño a la espalda en la mochila, no podía dedicarle todo el tiempo que me habría gustado en busca de ángulos y composiciones diversas. Aún así se me quedaron grabados esos saltos de agua, que junto con la perspectiva de la Peña Telera alzándose majestuosa sobre el valle, sabía que podían dar lugar a una buena foto. Sólo necesitaba un día claro, sin nubes, que encendiera de fuego la peña, y un primer plano a la sombra que crearía el contraste de tonos cálidos y fríos que tanto me gusta y del que habla Galen Rowell en su libro Luces de Montaña.
Se daba la fortuna, además, de que se trataba de un lugar muy accesible. En algo menos de una hora y a lo largo de una ancha pista forestal podía llegar a la zona del arroyo. Caminando con la frontal no tendría problema alguno.
Llego el día, el cielo estaba estrellado y yo me sentía feliz, la imagen que tenía en la cabeza podía hacerse realidad. A medida que la luz inundaba el entorno, esa cara de felicidad iba tornándose en preocupación. Encima de mi, un cielo limpio, sin nubes. Al este, por donde presumiblemente iba salir el sol, una densa masa nubosa que podía tirar por tierra todas mis expectativas. No obstante seguí adelante, consciente de que la naturaleza es imprevisible y cualquier cosa puede suceder. Llegué así al arroyo del día anterior y remontado su curso iba fijándome en posibles saltos de agua fotogénicos, pero la Peña estaba apagada y no daba signos de encenderse, a pesar de lo avanzado del día. La misma disyuntiva que otras veces me había asaltado, hizo acto de presencia, ¿me quedaba en un sitio fijo, con la composición estudiada y todo preparado esperado el momento cumbre, sin garantía alguna o me ponía a buscar otros posibles motivos?¿qué me estaría perdiendo si me quedaba donde me encontraba? Casi siempre acabo tomando la misma decisión y salgo en busca de lo desconocido, esperando encontrar algo inesperado que me inspire. Continué, pues, remontando el arroyo y llegando a una zona de meandros que no me terminaba de convencer demasiado. A cada instante seguía levantando la mirada hacía la Peña, el día avanzaba y ésta seguía apagada. Mi desesperación iba en aumento y empezada a dar por concluida la jornada. Me decidí a abandonar el arroyo y a acercarme a las orillas del ibón de Piedrafita. Quizás encuentre algo interesante allí, me dije, y al llegar volví la mirada una vez más a la Peña como había hecho en repetidas ocasiones desde primeras horas de la mañana y...¡¡¡MIERDAS!!!, la punta de la Peña Telera estaba encendida como un ascua incandescente. Sabía que ese momento y esa luz no iban a durar mucho tiempo, ¿qué hacer? ¿Salir corriendo arroyo abajo o tratar de buscar alguna composición por donde me encontraba a orillas del ibón? Llegar al arroyo, buscar el salto de agua apropiado y un buen encuadre me supondría unos 15 minutos como poco, tiempo más que de sobra para que todo acabara y el sol, igual que había asomado entre las nubes, se ocultara aún con más facilidad.
Decidí que más valía pájaro en mano que ciento volando y busqué algún motivo en primer plano con la peña encendida (
ver foto). Después de unas cuantas exposiciones la Peña Telera seguía encendida pero había perdido intensidad. No obstante decidí salir corriendo hacia el arroyo. Por el camino, me entretuve con alguna que otra composición que no me desagradaba del todo (
ver foto) y seguí, con más calma (en mi interior ya lo daba casi todo por perdido) bajando el arroyo hasta que llegué a una zona donde un salto de agua de formas sugerentes captó mi atención. Planté el trípode y me puse a buscar una composición que me agradara. Debía jugar con el curso del arroyo para guiar la vista hacía la Peña Telera, por lo que no podía adoptar un punto de vista demasiado bajo, y los elementos debían estar todos equilibrados. Si bien un polarizador no iba a tener mucho efecto sobre el cielo por encontrarse el sol detrás de mí, sí que jugaba su papel quitando brillos de la vegetación y rocas y haciendo más transparente el agua del primer plano. Así que decidí usarlo. Por otra parte sabía que era necesario un filtro degradado neutro de tres pasos para equilibrar las luces de la peña y del primer plano. Sujetando el filtro con la mano e imprimiendo un suave movimiento al filtro para suavizar la zona de transición fuerte durante el segundo de exposición que precisaba la toma, hice varias exposiciones a fin de conseguir una en la que el efecto del filtro se notase lo menos posible. Aún así, para asegurar, hice tomas subexpuestas y sobreexpuestas por si fuera necesario hacer blending o aclarar y/u oscurecer alguna parte de la escena.
Después de varios minutos y de haber hecho varias fotos a otros saltos de agua, la luz ya había perdido la calidez necesaria. Ahora sí, la jornada fotográfica había llegado a su fin.
Sólo cuando vi la foto en la pantalla del ordenador me di cuenta de la fortuna que había tenido. La masa nubosa que pensaba me iba a arruinar el día fue la responsable de unos juegos de luces y sombras que daban a la escena un toque de originalidad irrepetibles, especialmente sobre la Peña Telera, que acentuaban su tridimensionalidad.
En los sucesivos días tuve oportunidad de volver a visitar este mismo sitio, con un cielo totalmente despejado. La Peña Telera esta vez sí que se encendió en fuego (
ver foto), pero echo en falta esos juegos de luces y sombras del primer día.
La naturaleza siempre me sorprende con su imprevisibilidad y la mayoría de las ocasiones lo hace favorablemente. Nunca hay que bajar la guardia, porque en el momento más inesperado, sean cuales sean las condiciones meteorológicas, algo extraordinario puede suceder.